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OpenAI y la salud: entre la promesa redistributiva y la gobernanza pendiente

Medicina, farmacia y sistemas de salud en la era de la superinteligencia

Soler Company E.

Ética de la IA, Tecnohumanismo, Bioética y Humanización.
Grupo ETHOS de Bioética y Ética Clínica, Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Miembro fundador.
Grupo de Investigación en Bioética de la Universidad de Valencia (GIBUV).
Comité de Bioética Asistencial Departamento de Salud Valencia Arnau de Vilanova – Lliria.
Ibero Latin American Journal of Health System Pharmacy. Director Honorario.

Fecha de recepción: 15/04/2026  Fecha de aceptación: 17/04/2026

La salud no es un mercado más donde la concentración de 
beneficios sea una externalidad gestionable. Es el dominio donde 
las consecuencias de esa concentración se escriben, de manera
irreversible, en los cuerpos de las personas.

E. Soler Company

El 6 abril del presente año 2026, OpenAI publicó el documento de política pública, Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First, que propone, entre otras medidas, un Fondo de Riqueza Pública para distribuir los beneficios de la inteligencia artificial (IA) a todos los ciudadanos, impuestos al trabajo automatizado y mecanismos de contención para sistemas de IA que no puedan retirarse una vez desplegados. El documento habla de acelerar descubrimientos científicos, reducir el coste de bienes esenciales y expandir el acceso a la oportunidad económica. Lo que no dice de manera explícita —pero que cualquier profesional de la salud puede leer entre sus líneas— es que el sector sanitario es el campo donde las consecuencias de no resolver estas preguntas serán más inmediatas, más irreversibles y más profundamente humanas.

Este editorial propone leer ese documento desde la orilla de quienes trabajamos en salud: médicos, farmacéuticos, enfermeras, gestores de sistemas sanitarios, investigadores clínicos, bioeticistas y reguladores. Y lo hace con una tesis de fondo: “la sanidad funciona como prueba de estrés ética de cualquier política general sobre inteligencia artificial”. Si una propuesta no protege bien a las personas aquí —donde operan la vulnerabilidad, la confianza, el juicio prudencial, la responsabilidad profesional y la finitud humana—, es probable que no las proteja bien en ningún otro lugar.

El documento de OpenAI tiene una virtud real que conviene reconocer desde el principio: no cae en el determinismo tecnológico ingenuo. Reconoce expresamente riesgos de concentración de poder y riqueza, disrupción económica, usos maliciosos y fragilidad institucional, y sostiene que harán falta políticas específicas para compartir beneficios y construir resiliencia social. Ese desplazamiento del entusiasmo tecnológico hacia la justicia institucional es moralmente valioso. En sanidad, donde las asimetrías de información y dependencia son extremas, la pregunta decisiva nunca es solo qué puede hacer una herramienta, sino quién la controla, a quién beneficia y cómo altera la relación asistencial.

El sistema sanitario como laboratorio de las contradicciones de la IA

La promesa del documento no es retórica vacía en salud: los sistemas de IA ya demuestran capacidad diagnóstica comparable o superior a la de especialistas en radiología, dermatología y anatomía patológica. Los modelos de lenguaje avanzados están transformando la revisión de evidencia clínica, el diseño de ensayos y la farmacovigilancia. La IA está comprimiendo en meses procesos de descubrimiento terapéutico que antes requerían décadas. En farmacia hospitalaria y comunitaria, sus aplicaciones en conciliación de tratamientos, detección de interacciones, priorización de riesgos y gestión de la cronicidad son ya tangibles y valiosas.

Pero el sistema sanitario también concentra, con particular intensidad, todas las tensiones que el documento señala como riesgos globales de la transición tecnológica. La concentración de beneficios en pocas manos no es una amenaza futura en salud: es la estructura actual de la industria farmacéutica, donde el acceso a los tratamientos más innovadores está determinado por la capacidad de pago del paciente o de su sistema de salud, no por la gravedad de su necesidad clínica. Si la IA acelera el descubrimiento terapéutico sin modificar esta estructura, el resultado más probable no es la democratización del acceso a la salud, sino la profundización de la brecha entre quienes pueden costear la medicina del siglo XXI y quienes continúan recibiendo la del siglo XX.

Sin embargo, trasladado al terreno sanitario, el documento muestra pronto sus límites. Su lenguaje sobre acceso amplio y prosperidad compartida es razonable para la política económica general, pero resulta insuficiente cuando entra en juego la lógica propia del cuidado. En medicina y farmacia no basta con defender el acceso a sistemas inteligentes. También hay que proteger el derecho del paciente a no quedar reducido a un perfil de datos, a no ser evaluado exclusivamente mediante inferencias automatizadas y a conservar una mediación humana significativa en las decisiones que afectan a su cuerpo, su tratamiento o su pronóstico. Leído desde los estándares de la Recomendación de la UNESCO sobre Ética de la IA —que coloca la dignidad humana y la supervisión humana significativa en el centro del marco normativo— o desde los Principios de IA de la OCDE —que insisten en autonomía, privacidad, justicia social y derechos laborales—, el texto de OpenAI protege mejor el acceso a la IA que la reserva de humanidad frente a su expansión.

El umbral que separa ampliar el cuidado de reconfigurarlo

Una consulta asistida por IA puede mejorar el cribado, la documentación, el apoyo a la decisión o la rapidez administrativa. Del mismo modo, la IA puede reforzar la conciliación terapéutica, la revisión de tratamientos, la detección de interacciones y la farmacovigilancia. Todo eso es valioso. Pero hay un umbral a partir del cual la herramienta deja de ser ampliación del cuidado y empieza a reconfigurarlo. Si el centro de gravedad de la práctica clínica se desplaza desde la deliberación hacia la obediencia a una salida algorítmica, el coste ético puede ser alto: empobrecimiento del juicio profesional, debilitamiento de la escucha, consentimiento menos genuino y pérdida de singularidad del paciente.

El problema no es usar inteligencia artificial. El problema es permitir que la IA redefina, sin deliberación suficiente, qué es lo que cuenta como buena atención. Este umbral no es técnico: es ético. Y su gestión no puede dejarse exclusivamente en manos de quien diseña el sistema.

El ámbito laboral sanitario ilustra esta tensión con claridad. Las profesiones sanitarias ya arrastran una experiencia negativa con tecnologías que prometían eficiencia y terminaron añadiendo sobrecarga documental, presión por indicadores y pérdida de autonomía. La IA puede aliviar parte de esa carga, pero también puede convertirse en una capa adicional de gestión algorítmica: trazabilidad constante, evaluación automatizada de tiempos, recomendaciones opacas, priorización administrativa o sanción indirecta de toda desviación respecto del patrón estadístico. La OCDE ha subrayado, en el ámbito laboral, que una IA confiable exige respeto a la agencia, la privacidad, la dignidad y los derechos laborales. En sanidad eso significa algo muy concreto: la eficiencia no puede comprarse al precio de convertir al profesional en ejecutor supervisado por sistemas cuya lógica ni controla ni puede cuestionar de forma significativa.

El descubrimiento farmacéutico y la captura del beneficio

Ningún sector ilustra con más claridad la tensión central del documento —la que opone la promesa de prosperidad distribuida a la realidad de la concentración— que la industria farmacéutica. La IA está comprimiendo los ciclos de identificación de dianas terapéuticas, optimizando el diseño molecular y mejorando la selección de pacientes para ensayos clínicos. Los beneficios de esta aceleración son reales y potencialmente extraordinarios.

El problema es que el modelo de captura de esos beneficios permanece intacto. Los grandes laboratorios que pueden invertir en infraestructura de IA obtendrán patentes sobre los compuestos resultantes, fijarán sus precios en función de la disposición a pagar de los mercados más ricos y distribuirán sus productos a través de cadenas de acceso que reproducen las asimetrías existentes. La aceleración del descubrimiento no democratiza el acceso al tratamiento si la estructura de propiedad intelectual, fijación de precios y distribución permanece sin modificaciones.

El Fondo de Riqueza Pública que propone OpenAI podría, en teoría, aplicarse específicamente al sector sanitario como mecanismo de reinversión de los beneficios generados por la IA farmacéutica en sistemas de acceso universal. Pero el documento no desarrolla esta dimensión, y la brecha entre la propuesta conceptual y su operacionalización en el sector salud es, precisamente, el trabajo que corresponde hacer a quienes trabajan en política sanitaria, comités centrales de bioética y regulación farmacéutica.

Cinco condiciones que el debate sanitario debe exigir

Una adaptación sanitaria del debate que OpenAI propone abrir exige fijar condiciones normativas más exigentes que las que el documento explicita.

La primera es un control público verdaderamente independiente. En contextos asistenciales sensibles no debería bastar la validación del proveedor ni una auditoría situada dentro del mismo ecosistema económico. Deben existir capacidades regulatorias externas con poder real para exigir evidencia, revisar incidentes e imponer restricciones. El AI Act europeo, con sus obligaciones reforzadas para sistemas de alto riesgo, ofrece aquí una lógica mucho más adecuada que la confianza genérica en buenas prácticas voluntarias.

La segunda es el derecho efectivo a alternativas humanas. El paciente debe poder saber cuándo interviene la IA, solicitar revisión humana significativa y no verse perjudicado por preferir un circuito no automatizado en decisiones especialmente relevantes. Lo mismo vale para profesionales que quieran cuestionar o apartarse de una recomendación algorítmica sin quedar penalizados. La supervisión humana significativa de la que hablan UNESCO y OCDE debe traducirse en una auténtica reserva de relación clínica y farmacéutica.

La tercera consiste en fijar límites sustantivos a ciertos usos aunque prometan eficiencia. No todo sistema útil es éticamente admisible. La estratificación opaca de pacientes, la inferencia automatizada de adherencia o conducta, la priorización clínica sin explicabilidad suficiente y ciertas formas de vigilancia conductual del personal sanitario deben quedar sometidas a límites severos. Hay tecnologías cuyo problema no es que fallen demasiado, sino que pueden funcionar demasiado bien contra la autonomía, la intimidad o la justicia.

La cuarta es la justicia transnacional. Los sistemas que empiezan a ordenar salud, farmacia e investigación biomédica no nacen en el vacío: dependen de cadenas globales de datos, energía, cómputo e infraestructura, y suelen venir acompañados de prioridades geopolíticas y comerciales que no siempre coinciden con las necesidades del sistema sanitario local. Una política sanitaria responsable debe preguntarse quién fija los estándares, qué sesgos incorpora el sistema y qué dependencia estratégica genera. La UNESCO insiste en cooperación internacional y reducción de brechas tecnológicas. Esta dimensión aparece de modo demasiado débil en el documento de OpenAI, y es especialmente importante en salud, donde el lenguaje de “people first” puede enmascarar, si no se corrige, una gobernanza centrada en algunos países, algunos proveedores y algunos intereses.

La quinta y más profunda condición es una comprensión más densa de la dignidad humana. El paciente no es solo usuario de servicios, ni el profesional un operador eficiente. La atención sanitaria trata con fragilidad, incertidumbre, sufrimiento, confianza y finitud. Una IA éticamente bien integrada debe amplificar capacidades de cuidado sin diluir la relación terapéutica, sin sustituir el juicio prudencial y sin vaciar el sentido humano del acompañamiento. Hay bienes en la práctica clínica que no se dejan traducir sin pérdida a lenguaje de rendimiento: escucha, presencia, interpretación prudente, responsabilidad compartida y respeto a la singularidad del enfermo.

La responsabilidad que no puede delegarse en un algoritmo

Hay una dimensión del cuidado de la salud que el documento toca de manera lateral pero que merece elaboración más rigurosa desde la perspectiva bioética. La relación clínica entre el profesional sanitario y el paciente, contiene dimensiones irreductibles a la optimización de resultados.

La presencia, la escucha, el acompañamiento en la incertidumbre diagnóstica, la conversación sobre el final de la vida: estas no son funciones residuales que la IA aún no ha aprendido a replicar y que eventualmente replicará. Son constitutivas del acto de cuidar, en el sentido en que su desplazamiento no produce una versión más eficiente del mismo acto, sino un acto cualitativamente distinto que ya no merece ese nombre. Esa es, precisamente, la aportación que un enfoque tecnohumanista sanitario puede hacer al debate: recordar que la técnica debe servir a la relación de cuidado, y no al revés.

Esta no es una objeción contra la IA en salud. Es un argumento sobre sus límites propios, y sobre la necesidad de que quienes diseñan e implementan sistemas de inteligencia artificial en entornos clínicos tengan clara la distinción entre lo que puede optimizarse algorítmicamente y lo que no puede serlo sin transformar la naturaleza misma de la atención médica.

Lo que el sector sanitario debe exigir

El documento de OpenAI invita a otros actores a construir sobre sus propuestas o cuestionarlas a través del proceso democrático. El sector sanitario —sus profesionales, sus instituciones, sus pacientes y sus reguladores— tiene no solo el derecho sino la obligación de aceptar esa invitación en sus propios términos.

Lo que el sistema de salud debe exigir de la transición hacia la IA no es simplemente acceso a las herramientas más avanzadas. Es participación real en las decisiones sobre cómo se despliegan, quién las audita con independencia efectiva, cómo se asigna la responsabilidad cuando producen daño y de qué manera los beneficios económicos que generan se reinvierten en sistemas de atención accesibles para quienes más los necesitan.

En suma, el documento de OpenAI es útil como detonante de conversación. Tiene más densidad ética que la mayoría de los manifiestos empresariales sobre IA porque reconoce distribución, riesgo e instituciones. Pero adaptado a la atención médica y farmacéutica, se queda corto si no se radicaliza en lo esencial: más independencia pública, más reserva de humanidad, más límites sustantivos, mayor justicia transnacional y una idea más rica de dignidad.

La IA tiene el potencial de ser la transformación más profunda de la medicina desde la aparición de los antibióticos. Que ese potencial se realice como bien común o como ventaja competitiva de unos pocos no es una consecuencia técnica inevitable. Es una decisión política. Y las decisiones políticas en salud no pueden dejarse en manos de quienes diseñan la tecnología, por avanzada que sea, ni de quienes la financian, por generosos que sean sus compromisos declarados.

“En salud, la cuestión no es solo cómo aprovechar la inteligencia artificial. Es qué forma de cuidado queremos proteger cuando la herramienta empieza a pensar”.

Bibliografía

1. OpenAI. (2026, abril). Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First. OpenAI Global Affairs.

2. UNESCO. (2021). Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence. United Nations Educational, Scientific and Cultural Organization.

3. OECD. (2019, actualizado 2024). Recommendation of the Council on Artificial Intelligence. Organisation for Economic Co-operation and Development.

4. European Commission. (2024). Regulation (EU) 2024/1689 on Artificial Intelligence (AI Act). Official Journal of the European Union.

5. Soler Company, E. (2025). Tecnohumanismo sanitario: de la precisión a la presencia. Un marco tecnohumanista para la asistencia sanitaria. Ibero Latin American Journal of Health System Pharmacy (Revista de la OFIL), 35(5). https://www.ilaphar.org/tecnohumanismo-sanitario-de-la-precision-a-la-presencia-un-marco-tecnohumanista-para-la-asistencia-sanitaria/

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