Una reflexión sobre Gaudí, León XIV y el desafío humano
de la inteligencia artificial
Soler Company, E.
Ética de la IA, Tecnohumanismo, Bioética y Humanización.
Grupo ETHOS de Bioética y Ética Clínica, Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH). Miembro fundador.
Grupo de Investigación en Bioética de la Universidad de Valencia (GIBUV).
Comité de Bioética Asistencial Departamento de Salud Valencia Arnau de Vilanova – Lliria.
Ibero Latin American Journal of Health System Pharmacy. Director Honorario.
Fecha de recepción: 22/06/2026 Fecha de aceptación: 01/07/2026
La reciente visita del Papa León XIV a España ha sido mucho más que una serie de actos oficiales y discursos protocolarios. Ha sido, si nos permitimos una mirada más profunda, una invitación a la pausa. A reflexionar sobre qué significa vivir de forma auténticamente humana en un tiempo que parece no conceder tregua.
En sus discursos, el Papa ha rescatado algunas de las más valiosas tradiciones del pensamiento occidental, entre ellas la rica aportación de la Escuela de Salamanca, una de las contribuciones intelectuales más significativas de España a la historia universal y, paradójicamente, una de las menos conocidas por los propios españoles. Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Francisco Suárez, etc. Aquellos teólogos y juristas del siglo XVI sentaron las bases de principios que hoy consideramos irrenunciables: la dignidad intrínseca de cada persona, los límites éticos del poder o los derechos inalienables de los pueblos. Lo verdaderamente asombroso no es que llegaran a estas conclusiones, sino que lo hicieran frente a poderes que tenían todos los motivos para ignorarlos. Comprendieron algo que sigue resonando con fuerza cinco siglos después: ni el poder político, ni el económico, ni la razón de Estado pueden jamás situarse por encima de la dignidad humana. La formulación es antigua, sí. Pero el problema, tal y como se sigue evidenciando, no lo es. Entonces como hoy, el valor intelectual se mide por lo que se dice frente a quien preferiría no oírlo.
León XIV ha retomado esa misma inquietud en un escenario radicalmente distinto. Su reciente encíclica, Magnifica Humanitas, subraya la urgencia de recuperar el discernimiento, la responsabilidad y la centralidad de la persona en un mundo cada vez más modelado por la tecnología, los datos y los algoritmos. El enlace entre aquellas reflexiones y las actuales no es meramente histórico; es, sobre todo, profundamente moral. La pregunta esencial persiste: ¿cuál es el lugar del ser humano cuando emergen nuevas formas de poder que no piden permiso para expandirse?
No es casual que la visita papal culminara con un tributo a Antonio Gaudí, haciéndola coincidir con el centenario de su muerte y la bendición e inauguración de la recién terminada torre de Jesucristo de la basílica de la Sagrada Familia. Su obra encarna, quizás como ninguna otra, la fusión entre creatividad, maestría técnica, belleza y una dimensión que trasciende la mera funcionalidad. Y de él nos ha quedado una frase que hoy se revela asombrosamente actual:
«Primero el amor, después la técnica.»
Seis palabras. Una intuición que el tiempo no ha logrado marchitar.
Una vieja sabiduría para un problema nuevo
Vivimos en una era cautivada por la técnica, y con buenas razones. Cada día surgen herramientas capaces de ejecutar tareas que hasta hace poco parecían exclusivas de la inteligencia humana: la inteligencia artificial escribe textos, traduce idiomas, asiste en diagnósticos médicos, interpreta imágenes clínicas, diseña moléculas, y sostiene conversaciones de una complejidad creciente. El progreso es innegable. Las oportunidades, también.
Precisamente por ello, es crucial preguntarnos al servicio de qué propósitos ponemos todo este potencial.
Gaudí nunca fue un detractor de la técnica. Basta con contemplar la Sagrada Familia para apreciar hasta qué punto valoraba la innovación y la ingeniería. Lo que él defendía era algo más sutil, y mucho más difícil de preservar: que la técnica no debe ocupar el lugar principal. Que es una herramienta, no un fin en sí misma. Que responde al ‘cómo’, pero es incapaz de responder al ‘para qué’. Este orden es fundamental. Cuando se respeta, la tecnología se convierte en una aliada formidable. Cuando se invierte, surge lo que podríamos denominar tecnolatría: no el aprecio por el avance, sino su absolutización.
La nueva idolatría
Cada época ha tenido sus propios ídolos. Algunas veneraron la fuerza militar. Otras, el dinero. Otras absolutizaron la raza, la nación o ideologías que prometían una solución definitiva a los problemas de la historia. La nuestra corre el riesgo de absolutizar la tecnología.
La tecnolatría comienza cuando le atribuimos a la tecnología una capacidad de salvación que no posee. Cuando asumimos que cualquier desafío humano tiene una solución técnica. Cuando confundimos eficiencia con sabiduría. Cuando dejamos de cuestionar si algo es bueno para limitarnos a preguntar si es posible o si es rentable.
La inversión que se produce entonces es profundamente inquietante, sustituimos el juicio moral por el cálculo técnico, el discernimiento por la optimización, y la sabiduría —esa habilidad para orientar nuestras acciones hacia fines que realmente valen la pena— por la mera capacidad de procesamiento. No es un riesgo abstracto. Es una tendencia real que ya empezamos a observar en instituciones, en políticas públicas y en la manera en que organizamos nuestros sistemas de cuidado.
La lección de Salamanca
No estamos, sin embargo, ante un problema completamente inédito.
Los maestros salmantinos se enfrentaron a desafíos que, salvando las distancias, guardan ciertas resonancias con los actuales. Los descubrimientos geográficos, la expansión comercial y el poder creciente de los imperios planteaban interrogantes sin precedentes. Había argumentos económicos para explotar pueblos enteros, razones políticas para justificar conquistas y pretextos de eficacia para ignorar derechos fundamentales. Frente a todo ello, aquellos pensadores formularon una pregunta que resultó ser decisiva: ¿existe algo que deba respetarse incluso cuando resulta incómodo o inconveniente? Su respuesta fue rotunda: la dignidad humana. No como un principio etéreo, sino como un límite tangible frente al poder real.
Esa convicción transformó profundamente el pensamiento occidental. Y hoy, vuelve a interpelarnos con urgencia.
Porque las preguntas que plantea la inteligencia artificial son distintas en su forma, pero en el fondo, resultan extrañamente familiares. ¿Puede un algoritmo decidir quién recibe un tratamiento médico? ¿Puede un sistema automatizado determinar el acceso a derechos fundamentales? ¿Puede la eficiencia justificar una merma en nuestra autonomía? ¿Puede una sociedad delegar decisiones morales cruciales en sistemas que carecen de conciencia, de responsabilidad, e incluso de la capacidad de equivocarse en el sentido humano de la palabra?
La respuesta dependerá de si seguimos considerando la dignidad humana como un límite innegociable, o si terminamos subordinándola, de forma gradual y casi imperceptible, a la implacable lógica de la eficiencia.
La salud como espejo
Hay pocos ámbitos donde esta tensión se manifieste con tanta claridad como en la sanidad.
La inteligencia artificial promete diagnósticos más precisos, tratamientos personalizados, y una gestión más eficiente de recursos escasos. Todo esto es, sin duda, valioso. Pero un sistema sanitario puede ser técnicamente brillante y, al mismo tiempo, humanamente deficiente. Puede reducir costes mientras la soledad del paciente se agudiza. Puede optimizar procesos mientras la relación esencial entre el profesional y la persona que tiene delante se erosiona. Puede automatizar decisiones mientras las responsabilidades se diluyen hasta volverse invisibles. Puede medir casi todo, salvo aquello que más importa a quien sufre.
La medicina no nació para procesar datos. Nació para aliviar el sufrimiento humano. La farmacia asistencial no existe solo para gestionar medicamentos: existe para cuidar personas a través de ellos. Los datos son necesarios, sí. Pero el cuidado es lo que les otorga sentido. Cuando olvidamos esta diferencia, el paciente deja de ser un sujeto de cuidado para convertirse en un mero objeto de gestión. Y entonces la técnica deja de estar al servicio del amor para exigir que el amor se adapte a sus frías reglas.
Lo que ninguna máquina puede hacer
Existe una tendencia creciente a asumir que todo lo que puede automatizarse, debería automatizarse. Pero no todo lo valioso admite este proceso. La compasión, por ejemplo, no. La prudencia —en el sentido aristotélico, como esa capacidad de orientar la acción hacia el bien en situaciones concretas e irrepetibles—, tampoco. La responsabilidad moral, menos aún. La confianza que se forja lentamente entre un profesional y un paciente, imposible.
Podemos desarrollar sistemas capaces de imitar algunas de estas capacidades con una fidelidad que a veces resulta asombrosa. Pero imitar no es lo mismo que ejercer. Una inteligencia artificial puede generar respuestas convincentes sobre el sufrimiento. Pero no puede sufrir. Puede hablar de esperanza. Pero no puede esperar. Puede describir la compasión con precisión clínica. Pero no puede experimentarla –no puede compadecer, quién nunca ha padecido–. Y precisamente por eso, el ser humano sigue siendo insustituible allí donde están en juego el sentido, la responsabilidad y el cuidado genuino.
Reconocer estos límites no es un gesto ludita. Es, simplemente, situar la tecnología en el lugar que le corresponde dentro de una comprensión más completa y rica de la persona.
Recuperar el orden correcto
Lo que une a la Escuela de Salamanca, a Gaudí y a León XIV es una misma convicción profunda: la persona debe ocupar el centro, y ese centro es innegociable. Tres épocas distintas, tres desafíos diferentes, pero una intuición que se repite porque el problema de fondo, en esencia, es el mismo.
Los maestros salmantinos respondieron a la expansión del poder imperial. Gaudí respondió a la fascinación por el industrialismo y el positivismo técnico del siglo XIX. León XIV responde al vertiginoso crecimiento del poder algorítmico. Los tres nos recuerdan algo que no debería necesitar recordatorio, pero que cada generación parece tener que redescubrir: la dignidad humana no puede quedar subordinada a los instrumentos que el propio ser humano crea.
La gran tarea no consiste en frenar la tecnología, ni en acelerarla sin una reflexión profunda. Consiste en mantener el orden correcto: primero los fines, después los medios; primero la persona, después el sistema; primero la dignidad, después la eficiencia.
Porque la cuestión decisiva no será cuánta inteligencia artificial logremos desarrollar. Será si conservamos aquello que ninguna inteligencia artificial puede producir por nosotros: la capacidad de reconocer la dignidad del otro y actuar en consecuencia. Con todo lo que eso exige, y con todo lo que cuesta.
Gaudí lo expresó en seis palabras. Luminosas, sencillas, y más actuales de lo que él mismo podría haber imaginado.
Primero el amor, después la técnica.
